Camelot 30K
Revista Gigamesh, nº30 Noviembre 2001
Conseguir el equilibrio entre la parte de ciencia y la parte de ficción dentro
de una novela del genero siempre es una tarea ardua. De entre las muchas recetas
que se han intentado, "Camelot 30K" vuelve a utilizar la de combinar una
historia increíblemente simple con una parte científica absolutamente
complicada, según el sabio principio de que si mezclamos café muy caliente con
leche fría, obtenemos un líquido templado. El problema es que un libro no es una
taza de café con leche, y el resultado no creo que pueda clasificarse como
brillante. Para empezar, la estructura argumental es idéntica a la de la primera
novela de Forward, "Huevo de dragón": una raza extraterrestre entra en contacto
con la humanidad en un ambiente exótico. Lamentablemente, en este caso ni el
ambiente es lo bastante exótico ni la creación de los alienígenas resulta
demasiado afortunada. El autor no se da cuenta de que para que una gamba atómica
vestida con las ropas de Merlín el Mago resulte creíble, son necesarios unos
recursos literarios más avanzados que el hacerla hablar como un apache en una
película del oeste barata. El resultado es que la credibilidad de los keracks de
la novela es equivalente a la del lobo en el cuento de Caperucita. Lo mismo
podría decirse de la tripulación humana. La imagen del astronauta que perciben
los alienígenas como un rostro reflejado en el ojo de un robot resulta sumamente
afortunada. No tienen sentimientos, ni ilusiones, ni, prácticamente miedos.
Aparte de actuar como testigos de la civilización kerack, se pasan toda la
novela comiendo, durmiendo, peleándose por entrar al servicio y, ocasionalmente,
por compartir colchoneta. Ciertamente son elementos realistas, pero uno se queda
con la clara sensación de que detrás de esos rostros de robot debería existir
algo más. Y los patéticos intentos por dotarles de una personalidad a base de
unas cuantos toques de color local son ciertamente penosos. El único que se
libra de esta quema es el gato, aunque uno no puede dejar de preguntarse acerca
de qué clase de locura pudo impulsar a los protagonistas a encerrarse durante
varios meses con un gato macho sin castrar en el interior de una atestada nave
espacial, o como un gatito pudo sobrevivir a una aceleración de 30g con la
simple ayuda de las ropas contenidas en una maleta.
En cuanto a la parte científica, el libro comienza con una sesuda disertación
sobre cometas y cometoides que puede considerarse emblemática para describir el
resto de la obra: una gran bola de nieve rellena de piedras. Hay momentos en los
que la encantadora inocencia con que están descritos los keracks resulta incluso
amena. Sin embargo, antes o después acaba por aparecer una enorme piedra en el
desarrollo de la acción, en forma de conferencia sobre algún oscuro punto
científico, que hace la lectura prácticamente insoportable.
Llegados aquí uno podría preguntarse: ¿Existe algo que merezca la pena salvar
de este libro?. Formalmente es de destacar el cuidado trabajo de traducción. Hay
que quitarse el sombrero ante un profesional que en ocasiones ha conseguido que
un manual de física nuclear aparezca casi como prosa. Algún que otro término se
le ha escapado (como el de traducir termopares por termoparejas) pero en general
el nivel es muy alto.
En cuanto a la obra propiamente dicha, un aficionado a la exobiologia o a la
física nuclear ciertamente encontraran ideas y desarrollos interesantes. Los
manitas a los que interese el bricolaje científico gozaran con la posibilidad de
construirse su propia cámara de niebla o disfrutaran con las explicaciones de un
original dispositivo de fisión/fusión nuclear. E, irónicamente, este libro
pasará sin duda a los anales de la ciencia ficción en el apartado de sexo
alienígena, con la descripción de la orgía más explosiva que jamás pude
imaginar. Pero dejando aparte estos factores, y algún que otro momento
interesante de la obra (como la descripción de la batalla entre dos ciudades
Kerack), creo que este libro podría calificarse, sin demasiados problemas, como
prácticamente inaguantable.
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena
2001