Tras leer la primera parte de Ilion, de Dan Simmons, se
me vienen a la mente dos reflexiones. La primera, que no entiendo la
política de la editorial al partir el libro en dos trozos. Hay obras que por
su propia estructura si admiten un proceso de división sin que el resultado
desentone excesivamente. En cambio, el modo en que se va construyendo la
trama y creando el ambiente en la obra de Simmons hacen que el proceso de
división suponga un autentico anticlímax en la lectura. Verdaderamente, si
alguien esta interesado en este libro mi recomendación es que o bien se lo
lea en ingles en un solo volumen, o que tenga la santa paciencia de esperar
a que salgan los dos libros para disfrutar de su lectura como dios manda.
Tal y como esta ahora, es una garantía de frustración.
La segunda reflexión tiene mas que ver con la
naturaleza del proceso de escribir. Y es que cuanto mas leo, mas me doy
cuenta de que hay escritores que tienen una fe ciega en la existencia de la
mítica receta del éxito. Y que, para demostrarlo, intentan usarla una y otra
vez a ver si suena la flauta. El caso de Simmons en los últimos tiempos es
arquetípico. Hyperion fue un éxito rotundo. Tan rotundo, que dio para dos
continuaciones que supongo se vendieron bastante bien etc. Visto el triunfo,
da la impresión que Simmons pensó ¿y porque no repetir la receta en otro
entorno? Y el resultado fue Ilion.
Porque ciertamente Ilion no esta ambientado en el
universo de Pax y el Tecnonucleo, no. Pero nada mas empezar a leer uno se da
cuenta que, curiosamente, la estructura del libro vuelve a ceñirse al patrón
de diferentes historias de viajeros que se entrelazan paralelamente de un
modo muy seductor. En vez de Chaucer, tenemos a Shakespeare y a Proust. En
vez de un cibrido renacido, tenemos un escolico que, oh casualidad de
casualidades, asume la personalidad de un estudioso muerto hace muchos
siglos en el momento de la acción. Volvemos a encontrarnos con teleportación
(cuantica, para seguir el signo de los tiempos), inteligencias artificiales
(aunque sean biomecánicas) y en vez de tumbas del tiempo nos encontramos la
posibilidad de teleportarnos a cualquier momento de la historia de nuestro
interés. Y en vez de Alcaudón, tenemos dioses. En fin, como puede fácilmente
comprobarse, Simmons lleva la vieja máxima de “no hay nada nuevo bajo el
sol” a extremos de completo virtuosismo.
Eso si, hay que reconocer que tiene arte. Tras un
comienzo un tanto titubeante, en el que el mayor interés esta en la
trepidante narración de los sucesos de Troya (una interesante perspectiva de
la Iliada, por cierto) pronto el resto de las tramas van ganando interés
hasta que resulta difícil distinguir cual es la mas absorbente.
Y justo en ese momento… ZAS. Llegamos a la
discontinuidad de Barceló y tenemos que esperar dos meses para ver como
acaba aquello.
Lo dicho: simplemente frustrante.