Hijo del Rio
Revista 2001, nº 7
Evaluar la
originalidad de una obra siempre es una tarea delicada. A estas
alturas, prácticamente la totalidad de los argumentos ya han sido
utilizados en al menos una ocasión. Por tanto, encontrarnos con una
novela que comienza cuando encuentran al protagonista recién nacido
abandonado en mitad de un río no debería ser necesariamente un
inconveniente, por mucho que la historia de Moisés lleve ya unos
cuantos milenios dando vueltas por el planeta. Por la misma razón,
parece bastante natural que pocas paginas mas allá “descubramos” que
dicho protagonista tiene un Destino (si, con mayúsculas) al mas puro
estilo Dune. Lo que ya empieza a resultar de escándalo es que
algo mas tarde el héroe se encuentre en una necrópolis una espada
mágica que brilla cuando se acerca un enemigo (al mas puro estilo de
El señor de los Anillos). Por no hablar, por supuesto, de que el
planeta (artificial) donde tiene lugar la acción esta dividido por un
enorme río que recuerda al de A vuestros cuerpos dispersos, o
de la aparición de unos seres misteriosos de los que apenas se conoce
nada que al parecer viven escondidos dentro de un agujero negro, como
en Pórtico. En estas condiciones, la sensación de estar
contemplando un collage formado por múltiples ideas tomadas de otras
historias resulta bastante agobiante. Máxime si tenemos en cuenta que
en el autor tiene cierta tendencia a soltar largas y farragosas
descripciones cada pocos párrafos, lo que convierte la lectura de
Hijo del río en una tarea ciertamente complicada. Dice la
contraportada que McAuley es un autor innovador, perfecto conocedor de
genero. Viendo las paginas de su novela resulta evidente que lo ultimo
es completamente cierto. Aunque quizás habrá que esperar a encontrar
la “innovación“ entre las paginas de las otras dos novelas que forman
parte de esta trilogía.
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 2002