Artículos
 
Web www.ergosfera.com
Indice Escritores CF  Articulos Reseñas Microrelatos  Relatos Fotolandia   Bio Historico

 

      Ponga un ascensor en su planeta

      (en colaboracion con Jacobo Cruces Colado)

       

      Los problemas del viaje espacial

      Cualquier escenario que contemple la posibilidad de un viaje espacial debe de tener en cuenta un requisito fundamental: no solo debe ofrecer un método viable de superar las vastas distancias del Sistema Solar sino que debe de proporcionar una alternativa eficaz para escapar del pozo de gravedad de nuestro planeta madre. ¿Qué es el pozo de gravedad?. La masa del planeta donde vivimos crea un campo gravitatorio que hace que cualquier objeto situado sobre el mismo sea atraído con una aceleración de 9,8 m/seg2 hacia su superficie. A 100.000 Km de altura el valor de esa aceleración es prácticamente despreciable. Pero para "subir" un objeto desde el nivel del mar hasta ese punto hace falta una increíble cantidad de energía: casi 60 millones de julios por kilogramo de materia ascendida. La única solución que hemos encontrado al problema es acelerar el objeto que deseamos poner en órbita hasta alcanzar la llamada velocidad de escape: en el caso de la Tierra, 11,2 Km./seg. Y esa es una velocidad bastante respetable, que hoy en día solo podemos conseguir mediante cohetes.

      Un cohete se basa directamente en la tercera ley de Newton o principio de la acción y reacción: la velocidad del vehículo depende de la velocidad de los gases expulsados hacia atrás por el mismo. Como la atmósfera apenas tiene una veintena de Km de espesor, nuestro vehículo cohete debe contener masa de reacción suficiente como para llegar a su punto de destino... y después decelerar para volver al punto de partida. Teniendo en cuenta que dicha masa de reacción esta constituida por compuestos altamente volátiles y explosivos, parece un milagro que accidentes como el del transbordador espacial ‘Challenger’ no hayan sucedido mas a menudo...
       

      El ascensor espacial

      Los cohetes no son los vehículos ideales para una explotación sistemática del universo. Son caros, delicados, peligrosos, contaminantes... y además la cantidad de carga útil que son capaces de transportar por viaje es sumamente reducida: apenas unas toneladas. No es de extrañar que con estas herramientas la humanidad no haya conseguido hasta el momento una penetración mas profunda en nuestro sistema solar. Ahora bien: ¿cuáles son las alternativas? La más espectacular, sin ninguna duda, es la del ascensor espacial. También llamado "tallo de habichuela" o "Gancho del Cielo" el ascensor espacial se basa en un principio bien sencillo y que ya explotaron los constructores de zigurates de la antigua Babilonia: si quieres subir hasta el cielo construye una torre que lo haga. La belleza del ascensor espacial es que se basa en unos conceptos físicos extremadamente sencillos y unas soluciones de ingeniería que pueden ser consideradas como factibles con las técnicas y materiales actuales.

      ¿Qué es un ascensor espacial? Simplificando mucho la idea, una piedra que gira al extremo de una cuerda. Un extremo de la cuerda esta "atado" a la superficie del planeta. El otro, a una masa de lastre, normalmente un asteroide. La rotación de la Tierra estabiliza el sistema: la tensión de la cuerda compensa la fuerza centrífuga que tiende a que el asteroide salga despedido y además mantiene la torre enhiesta.

      Las ventajas de un artefacto de este tipo son impresionantes. En primer lugar, ya no es necesario emplear cantidades ingentes de peligroso combustible para subir masa útil al espacio: siguen siendo necesarios muchos millones de julios, pero podemos suministrarlos en forma de electricidad, de la que disponemos en abundancia. El viaje se hace mucho más lento (cinco o seis días frente a unos veinte minutos que tardan los cohetes) pero la carga útil que se puede subir al espacio ya no está limitada por la masa de reacción del vehículo de transporte sino por la resistencia estructural de la pasarela y la cantidad de energía que seamos capaces de generar y suministrar al sistema. Y además, tenemos acceso a enormes cantidades de materias primas de primera necesidad procedentes del espacio: por ejemplo, del cinturón de asteroides o la Luna...

      Respecto al tema de la energía, el ascensor espacial tiene dos ventajas, a cuál más interesante. Por una parte, el campo gravitatorio terrestre tiene una curiosa propiedad: es conservativo. Esto significa que necesitamos suministrar energía a nuestra masa de prueba para hacerla subir... pero al bajar esa masa de prueba cederá exactamente la misma cantidad de energía que le suministramos. Este principio, el mismo que utiliza el ascensor de cualquier edificio terrestre, permite reducir drásticamente el consumo. La otra ventaja es menos evidente, pero no menos importante: en el espacio exterior existen ingentes cantidades de energía solar. Desde hace años lleva estudiándose la idea de explotarla mediante la utilización de inmensos paneles de células fotovoltaicas situados en órbita geoestacionaria. El único factor limitativo para el empleo de esta fuente energética limpia, no contaminante y casi inagotable es la dificultad para enviarla de forma segura a la superficie terrestre: el método propuesto, la utilización de haces de microondas emitidos por las estaciones orbitales hacia una central terrestre, es muy peligroso y adolece de fuertes pérdidas por absorción atmosférica. Pero el ascensor espacial nos proporciona un soporte ideal para transportar esta energía a la superficie del planeta con unos costes mínimos y un factor de seguridad máximo...

      La ultima gran ventaja del ascensor espacial es su empleo como honda gravitatoria. Continuando con el símil de la piedra y la cuerda, si parte de la masa de lastre se desprende en un momento dado, adquirirá una velocidad lineal equivalente a la velocidad angular de giro multiplicada por el radio, exactamente igual que una piedra despedida por una honda... Para la velocidad angular de la Tierra, con un radio adecuado se pueden obtener velocidades de escape pero que muy interesantes... además de conseguir como efecto secundario una plataforma espacial a 100.000 Km. de altura dotada de una gravedad importante generada por la fuerza centrífuga.
       

      Consideraciones de diseño

      Cualquier proyecto de ascensor espacial debe tener en cuenta los siguientes puntos:
       

      Ubicación:

      Es necesario elegir tres lugares para la construcción de nuestro ascensor: el punto de anclaje en la Tierra, el punto de construcción en el espacio y la posición final de la masa de lastre o altura total del ascensor.

      El punto de anclaje sobre el planeta debe de encontrarse forzosamente sobre el ecuador, debido al modo de funcionamiento de nuestro tallo de habichuela. En cualquier otro lugar de la superficie, el cable no ascendería recto, sino formando un ángulo. Además, debe encontrarse sobre una placa tectónicamente estable: el ascensor es extremadamente sensible a los terremotos y el anclaje no debe desprenderse bajo ningún concepto. También se debe contar con una climatología estable: un huracán podría ciertamente comprometer su integridad. Debería llegarse a un compromiso entre la cercanía a los puntos de distribución de energía y materias primas... y un factor de seguridad frente a posibles fallos. Por último, cuanto mayor sea la altura sobre el nivel del mar del punto de anclaje, tanto mas eficiente será nuestro desplazamiento: las pérdidas debidas al rozamiento atmosférico de los vehículos están limitadas a los cien primeros kilómetros de nuestro recorrido... y dentro de ese tramo, especialmente en el rango de los 20 primeros. Cuanto más alto sea nuestro punto de partida, menor será el rozamiento que tengamos que compensar...

      El cable y sus equipamientos auxiliares (elementos energéticos, vagones de transporte, etc.) deben de ser construidos forzosamente en el espacio: sería imposible hacer ascender a la enorme masa del cable en contra del pozo de gravedad... mientras que es relativamente sencillo dejarla caer sobre el punto deseado. La ubicación de la factoría espacial debe cumplir dos condiciones: debe ser estable y debe permitir un fácil despliegue del cable y de la masa de lastre. Se han propuesto dos puntos: una órbita geoestacionaria sobre el punto de inserción a 36.000 Km de altura, o bien uno de los puntos de Lagrange del sistema Tierra-Luna. El primero es un punto de equilibrio dinámico: para que la factoría se mantenga en órbita, es necesario compensar el peso del cable que vamos soltando hacia la Tierra con un contrapeso que iremos liberando en sentido contrario. El segundo presenta la ventaja de ofrecer un lugar de aparcamiento ideal para los materiales fabricados, aunque tiene el inconveniente de necesitar un procedimiento muy complejo para el traslado de los elementos del ascensor hasta el punto de inserción en la órbita terrestre.

      La longitud final del sistema cable-lastre viene determinada por muchos factores. La solución intuitiva parece ser el situar el ascensor en órbita geoestacionaria, a 36.000 Km de altura. En esta órbita la fuerza centrifuga compensa la atracción gravitatoria y el sistema está en equilibrio. Si descolgamos una cuerda (en principio no vamos a tener en cuenta su masa) hasta la superficie terrestre, esta cuerda descenderá sobre el punto situado exactamente debajo del lastre del ascensor. Hasta ahora tenemos un sistema perfecto. Pero si, por ejemplo, un niño de cinco años se pone a subir por la cuerda, aparece una pequeñísima fuerza que tira de la piedra hacia abajo: el lastre se sale de la órbita geoestacionaria y comienza a caer cada vez más deprisa. La cuerda se destensa, ya no es capaz de mantenerse sobre el mismo punto de la superficie y el cielo acaba por hundirse sobre nuestras cabezas. Ahora es el momento de tener en cuenta la masa real del hilo que se descuelga: millones de toneladas sometidas a un gradiente de gravedad decreciente. Es evidente que el ascensor no puede estabilizarse en una órbita geoestacionaria. Como vimos más arriba ese es el punto ideal de lanzamiento, pero la fuerza centrífuga tiene que compensar la masa de la cuerda, la del sistema de transporte y la de la masa que se sube a la órbita. Y además debe soportar un generoso factor de seguridad. Si queremos reducir la longitud del cable, sólo podemos hacerlo incrementando su rigidez: eso sería equivalente a construir un zigurat real... de 36000 Km de altura. Por tanto es necesario llegar a un compromiso: por un lado el volumen de carga que se quiere transportar, y la velocidad de escape desde la masa de lastre y por otro con la tensión máxima del cable, el tiempo de tránsito y el consumo energético para alcanzar la órbita.
       

      Lastre

      La elección del asteroide que actuará como lastre de nuestro sistema se hará según tres criterios básicos:

       

      1) Composición. El asteroide deberá servir como fuente de materias primas para el cable, elementos energéticos y de transporte. Después de las operaciones de construcción, deberá quedar masa suficiente como para actuar de lastre en las máximas condiciones de carga.

       

      2) Resistencia estructural. El asteroide deberá soportar la máxima tensión del cable en su punto de anclaje así como la construcción de las instalaciones necesarias para la operación del ascensor.

       

      3) Ubicación original. El asteroide deberá tener una órbita que permita su captura y transporte hasta el sistema Tierra-Luna con un mínimo gasto en tiempo de transporte y consumo energético.

       

      Cable

      El cable constituye el elemento fundamental del sistema. Sus características más destacadas son:

      1) Resistencia a la tracción: el peso de un cable de 100.000 Km de longitud junto con la tracción generada por la fuerza centrífuga asociada a un lastre de varios millones de toneladas es inmenso.

       

      2) Flexibilidad. Debe soportar las condiciones de fabricación, ser capaz de desplegarse y debe absorber las oscilaciones del sistema una vez montado.

       

      3) Insensibilidad a los cambios térmicos bruscos, puesto que debe de soportar un gradiente térmico desde 25 ºC en la superficie a –240 ºC en el extremo superior de la órbita, o 500 ºC durante la reentrada y el proceso de inserción.

       

      4) Durabilidad: Debe de estar construido con un material prácticamente eterno: las condiciones de funcionamiento del sistema no permiten la realización de tareas de mantenimiento.

       

      El primer punto condiciona además el proceso de fabricación: no puede efectuarse por secciones, sino que debe construirse de una sola pieza a fin de evitar debilidades. Además, deberá implementarse un riguroso control de calidad para evitar la aparición de fallos estructurales.

      Se han propuesto como materiales de construcción la fibra de carbono, fibra de carbono con alma de diamante, microtúbulos de carbono y polímeros de silicio. Todos estos materiales son susceptibles de ser extruidos en hebras inmensas de una sola tirada.

      Para las condiciones de carga especificadas, el diámetro del cable oscilaría entre 1 y 6 metros. La fabricación sería llevada a cabo por una factoría robot que incluiría los correspondientes controles de calidad del producto fabricado.
       

      Sistema energético

      Es necesaria una inmensa cantidad de energía para subir un objeto desde el nivel del mar a una órbita, por lo que el sistema debe estar dotado de las adecuadas canalizaciones para el suministro de energía a los elementos de transporte. El método mas comúnmente propuesto es el empleo de motores de inducción lineal. Estos motores proporcionan energía cinética/potencial a los vagones que ascienden... y recuperan energía eléctrica a partir de energía potencial en los que descienden. Para llevar a cabo este proyecto es un requisito imprescindible la utilización de cables superconductores a fin de evitar pérdidas: no olvidemos que estamos hablando de un cable eléctrico con una longitud mínima de 100.000 Km, que además debe transportar una potencia enorme (sin contar con la posible energía generada en órbita). Sin embargo, lo delicado del mecanismo de crioconductividad usado actualmente implicaría la utilización de superconductores de alta temperatura como opción preferida, aunque hoy en día ni siquiera poseemos materiales que sean superconductores a temperatura ambiente.
       

      Sistema de anclaje
       

      Los puntos de conexión del cable con la Tierra y el asteroide son elementos críticos en el diseño del ascensor. Se han propuesto varias soluciones, todas ellas insatisfactorias en mayor o menor grado. En una de las soluciones, el cable se enterraría a varios kilómetros de profundidad. El agujero se rellenaría en el momento del impacto con millones de toneladas de tierra. Otra solución consistiría en utilizar un soporte magnético para enganchar el cable. Presenta la ventaja de llevar un sistema de amortiguación implícito que impediría la aparición de destructivas ondas estacionarias. Sin embargo, tiene el inconveniente de precisar de una fuente de energía permanente. Debido a las especiales características del ascensor sería necesario un sistema múltiplemente redundante de generadores/distribuidores que dispararían los gastos: después de todo nadie desea que el cable salga volando porque se ha ido la luz...

      Otro problema importante con relación al punto de anclaje es el mecanismo de inserción. La solución mas utilizada consiste simplemente en dejar caer el cable desde una órbita geoestacionaria hasta el punto de anclaje sobre el planeta. El cable iría dotado de unos cohetes guía que irían dirigiendo la cabeza hasta su ubicación definitiva. Es preciso tener en cuenta que la misma operación debe realizarse simultáneamente en órbita con la masa de lastre, de modo que el momento de la aparición de tensión en el cable coincida con el afianzamiento del mismo en ambos extremos. También debe considerarse que la enorme masa de un cable de 100.000 Km de longitud hace extraordinariamente difícil su manejo, debido a su inercia.

      Una alternativa a este procedimiento sería la utilización de un cable guía. Este cable guía, mucho más reducido que el original y que sería bajado mediante un cohete, podría utilizarse para dirigir al cable primario hasta su encastre de forma más sencilla.

      Elementos de seguridad

      Aparte de los problemas técnicos, el principal obstáculo para la construcción de un ascensor espacial estaría en las cuestiones de seguridad. El cable almacena una cantidad ingente de energía elástica... y además tiene una masa impresionante. Si se partiese y cayera a tierra podría ceñir toda la cintura de nuestro planeta con dos vueltas de hilo ardiente. Por tanto deben utilizarse elementos de redundancia múltiple en su construcción. Por ejemplo, si en lugar de un alma de hilo se utilizaran tres, la rotura de una de ellas podría quedar compensada por las otras dos... al menos el tiempo necesario para abordar las necesarias reparaciones. Sería deseable que el ascensor incorporara un sistema de autodestrucción. De este modo, en caso de rotura el cable volvería al la Tierra en forma de fragmentos en vez de en una sola pieza. Asimismo, siempre que sea posible, debe intentarse que la mayor parte de dichos fragmentos queden en órbita... y que la temperatura de ignición del material sea lo más baja posible, de modo que arda fácilmente durante la reentrada (la mayor parte del ascensor espacial está por encima de la atmósfera).

      La energía del impacto de un ascensor orbital sería simplemente inmensa: muchísimo mayor que la del mayor de los meteoritos que han caído sobre nuestro planeta. El cable debería estar dotado de estaciones de seguridad repartidas a distancias regulares a fin de ofrecer algún tipo de protección antimeteoritos y contra impacto de cualquier tipo de objetos. También serían necesarias unas rígidas medidas de seguridad para impedir actos terroristas: el punto crítico es el asteroide de lastre, pues soltando el cable del mismo se consigue, sin duda, la máxima potencia destructiva.

      El sistema de transporte del ascensor incluye vagones de carga y vagones de pasajeros. Estos últimos están, evidentemente, presurizados, y deberían incluir un sistema de seguridad para prevenir posibles fallos mecánicos y de suministro eléctrico: un sistema de cremallera sería bastante eficaz. También habría que pensar en un sistema de control de tráfico bastante redundante y destinado a garantizar que la distribución de carga sobre el ascensor sea medianamente estable... y que en caso de problemas se adopten las medidas de seguridad necesarias para garantizar la integridad del sistema, como por ejemplo, la eyección de aquellos vagones de carga que puedan colisionar sobre el cable y dañar su estructura.
       

      Otros tipos de ascensor

      Se han propuesto desarrollos más avanzados del ascensor espacial. Puesto que el material y el proceso de construcción del cable en un solo hilo son complejos, hay diseños que usan un sistema en el que la integridad estructural es dinámica y generada mediante el empleo de motores de inducción que dan al ascensor la necesaria rigidez. El inconveniente de este sistema es que no puede detenerse jamás, por lo que sería extraordinariamente sensible a fallos energéticos y a las operaciones de mantenimiento de los vehículos.

      Una evolución de la idea consiste en la sustitución de la masa de lastre por un anillo que rodease a la Tierra. Sería una obra faraónica, que requiere la construcción de múltiples radios para garantizar la estabilidad estructural del sistema y necesita por lo tanto de una cantidad inmensa de materiales. Visto desde el eje de rotación de nuestro planeta y a una cierta distancia, se parecería a la rueda de un carruaje, en cuyo centro estaría el planeta. ¿Qué ventajas presenta una estructura semejante? Para empezar, proporciona un enorme espacio habitable, donde sería posible alojar al excedente de población. Sería también una fuente de energía casi ilimitada, y un entorno ideal para llevar a cabo tareas de construcción en órbita, observación astronómica, puerto espacial, etc.
       
       

      Los ascensores en la ficción

      El concepto original se remonta al año 1966. Un grupo de oceanógrafos presentó en una carta a la revista Science la idea de construir un ‘ascensor espacial’, un sistema de cabinas y de compartimentos que pudiesen unir la superficie de la Tierra con una estación espacial en órbita geoestacionaria a 36.000 Km de altura. Curiosamente, esta idea ya había sido concebida seis años antes, de modo independiente y con más ambición, por el ingeniero soviético Yuri Artustanov. Desde entonces han sido publicados muchos documentos y estudios que exploran detalladamente este tema.

      Debido a la propia naturaleza del ascensor espacial, la ciencia-ficción ‘hard’ ha sido la principal abanderada de esta idea. Tres autores han publicado obras fundamentales sobre el tema: Arthur C. Clarke, Charles Sheffield y Kim Stanley Robinson. Curiosamente, las novelas de Clarke y Sheffield coincidieron en el tiempo: "Fuentes del paraíso" y "La telaraña entre los mundos" (1979). Ambas obras tienen coincidencias sorprendentes, y aunque Clarke envió una carta a la Science Fiction Writers of America (SFWA) asegurando que se trataba sólo de una casualidad, ésta se repitió de nuevo años después con "Cánticos de la lejana Tierra" y "Las crónicas de McAndrew"; ambas obras hacían uso en su argumento de la energía del vacío y la propulsión cuántica.

      En "Fuentes del paraíso" el protagonista es Vannevar Morgan, un ingeniero que emprende la tarea de construir un ascensor espacial, (o torre orbital, como él prefiere llamarla). El punto de anclaje será una montaña de Sri Lanka, pero el proyecto encuentra la oposición de una abadía de monjes que ocupan el lugar. Clarke propone el uso de un asteroide condrítico carbonoso como lastre, que sirve también como fuente de materia prima para la extrusión del monofilamento de la torre. La operación de anclaje se lleva a cabo utilizando un cable guía. En lo que concierne a la novela, no está entre lo mejor de Clarke. Como suele suceder en sus última producciones, se deja arrastrar por una serie de detalles anecdóticos (la historia de Sri Lanka, p.e.) que empañan la idea principal, aunque incluye otros que por sí solos constituirían el tema para una obra aparte, como el Velero Estelar: los tres capítulos dedicados a este último son casi lo mejor del libro.

      La obra de Sheffield, "La telaraña entre los mundos", tiene muchos puntos en común con la de Clarke y se publicó sólo unos meses después. El protagonista se llama en esta ocasión Merlin (qué casualidad, su nombre también empieza por M), igualmente un ingeniero especializado en superpuentes y creador de un robot de extrusión de filamentos conocido como la Araña. Un misterioso multimillonario con oscuros intereses le encarga la construcción de una torre orbital en Ecuador, y de la relación entre Merlin y su mecenas surge la intriga de la novela. La estructura de la torre orbital es muy similar a la propuesta por Clarke. El robot de extrusión es un elemento fundamental de la obra (de hecho, el motivo de la elección de Merlin para el proyecto), aunque la solución propuesta por Sheffield para el anclaje del cable es, cuando menos, bastante arriesgada. De hecho, en la mencionada carta a la SFWA Clarke asegura que tal idea no sería permitida jamás.

      La más reciente de las obras que abordan la construcción de una torre orbital es "Marte rojo" (1993), de Kim Stanley Robinson. Esta obra forma parte de una trilogía sobre la colonización, terraformación e independencia de Marte. En este planeta, vacío y frío, es mucho más sencillo construir una torre orbital. Una gravedad menor (0,38 g), una atmósfera casi inexistente (aunque las tormentas de polvo representarían un problema muy grave), y la presencia del cúmulo de asteroides Amor que cruzan su órbita son factores que simplifican la construcción; uno de ellos es usado como fuente del material del cable y lastre, y rebautizado como Clarke. En este caso, el sistema de anclaje es un acoplamiento electromagnético, en torno al cuál se construye la ciudad de Sheffield. Un problema añadido a la construcción en Marte es que la torre debe esquivar además las dos lunas marcianas, Fobos y Deimos, cuya velocidad orbital es elevada. Robinson hace especial hincapié en las consecuencias económicas y sociales que la existencia del ascensor tiene sobre la colonia: por una parte es una fuente de bienestar económico, pero por otra da lugar a una riada incesante de nuevos colonos y tensiones sociales. Por eso, cuando al fin estalla la primera Revolución marciana el ascensor es una de sus víctimas. Mediante una voladura del acople, el lastre es desenganchado del cable, y al faltarle a éste la fuerza centrífuga de soporte comienza inmediatamente su caída hacia la superficie, mientras que el asteroide sale despedido tangencialmente de la órbita. El cable, con una longitud casi igual a dos veces el perímetro marciano, va azotando el ecuador cada vez con más violencia, hasta que los últimos fragmentos originan diamantes con la fuerza del impacto.

      En "Marte verde" (1994), la segunda novela de la saga, se emprende la construcción de otra torre orbital usando técnicas y materiales similares. Robinson describe el proceso con un poco más de detalle, variando en este caso el emplazamiento de las ‘obras’: el cable comienza a extruirse cuando una serie de factorías robóticas aterrizan en el asteroide escogido, Nueva Clarke (qué falta de originalidad), y el cable y el asteroide son conducidos después a la órbita marciana. "Marte Rojo" y su continuación ilustran maravillosamente algunos de los conceptos físicos implícitos en la idea del ascensor: los materiales ultrarresistentes necesarios para el cable, el papel de la fuerza centrífuga, la necesidad de dispositivos de seguridad (que durante la segunda Revolución son usados para evitar nuevos ataques), las consecuencias del desplome del ascensor, etc. ...

      La caída de una de estas torres es precisamente uno de los elementos fundamentales usados por Juan Miguel Aguilera y Javier Redal en "Mundos en el Abismo" (1988), una de las mejores novelas españolas del género. En un lejano futuro, el cúmulo globular de Akasa-Puspa está compuesto por miles de estrellas, a escasa distancia unas de otras. En los planetas habitables que giran en torno a sus soles se alzan las Babeles: ascensores orbitales casi indestructibles, una de los pocos elementos estables en una serie de mundos periódicamente arrasados por la guerra y el saqueo. Proporcionan un nexo de continuidad... y un puente a las estrellas. Sin ellas, la civilización en Akasa-Puspa se hundiría en la barbarie. Durante una expedición fuera del cúmulo globular se descubre una extraordinaria construcción de ingeniería estelar, una esfera de Dyson, en cuyo interior reposa un mundo circundado por una serie de ascensores que se unen formando un anillo orbital. Durante la exploración del planeta una de las naves, la Vadja, resulta destruida e impacta contra uno de los radios del anillo. La caída de la torre levanta millones de toneladas de polvo que originan un invierno nuclear... En la continuación de la obra, "Hijos de la Eternidad" (1989), se ilustra un poco más el concepto de anillo y su enorme tamaño. Como se ve, una de las ventajas de este sistema es que la caída de un radio (una de las torres) no tiene porque ser crítica; el resto del sistema de ascensores funciona con normalidad, aunque las consecuencias para el clima son terribles. Aguilera y Redal han hecho otra pequeña incursión en el tema en su relato "Ari el Tonto" (1992). Ari es un pobre agricultor en un helado mundo del cúmulo de Akasa-Puspa. Un día, su suerte cambia en forma de una máquina misteriosa que seca lagos y envía hilos hacia el cielo...

      Los anillos orbitales también han sido llevados al papel por otros escritores. En la novela "Mundo de dioses" (1997), de Rafael Marín, las torres orbitales son el único acceso posible al anillo edén, el hogar de los Dioses, superhombres creados por ingeniería genética que viven así por encima del resto de los mortales. En la ultima obra de Arthur C. Clarke, "3001, Odisea Final" (1997), la Tierra esta rodeada por un anillo orbital con cuatro torres de acceso equidistantes, cada una de ellas de 10 millones de pisos de altura. Sin embargo, la mayor parte del anillo y una de las torres son sólo andamios, ante la imposibilidad de ocupar todo ese espacio vital. Y como no podía ser menos, Charles Sheffield también ha contribuido al tema de los anillos orbitales. "Marea estival" (1990) nos arroja a un futuro en que la humanidad ha empezado la colonización de otras estrellas, ha trabado contacto con razas extraterrestres, y ha descubierto algunos misterios del Universo. Entre ellos se hallan una serie de enigmáticos y gigantescos Artefactos, dejados atrás por la desaparecida especie de los Constructores. Uno de ellos, Capullo, es un enorme anillo orbital sostenido por cuarenta y ocho torres, desde el que se extienden miles de filamentos a más de un segundo-luz del planeta. Todo el conjunto es tan grande que la superficie está oscurecida por Capullo, y aunque casi todos las obras de los Constructores son incomprensibles para los humanos, éste es claramente un sistema de transferencia de carga, aunque descomunal. Más comprensible es otro de los Artefactos de la novela, Umbilical, un ascensor espacial que conecta dos planetas en órbita cercana, Ópalo y Sismo. El ascensor está ligado permanentemente al lecho oceánico de Ópalo, y se acopla al otro por un enganche electromagnético que sólo se interrumpe cuando las fuerzas de marea del sistema alcanzan su punto máximo. Sheffield imagina para este ascensor unos materiales completamente exóticos: "cables de sostén de hidrógeno sólido, libres de defectos, con empalmes de muón estabilizado."

      Los ascensores orbitales forman ya parte de la parafernalia habitual del género. En muchas novelas, son simplemente un recurso para que los protagonistas alcancen su destino sin el engorro de los cohetes. El inolvidable protagonista de "Los viajes de Tuf" (1985), de George R.R. Martin, deja su nave en la Casa de la Araña, el puerto orbital, y desciende a la superficie del planeta S’uthlam a través del tubotrén de un ascensor espacial. En "Navegante solar" (1980), de David Brin, el protagonista ha forjado parte de su fama impidiendo un atentado contra una de las dos torres orbitales terrestres, las Agujas, que Brin sitúa respectivamente en la cima del monte Kenya y en Ecuador. Gregory Benford utiliza también ascensores en "A través del mar de soles" (1984). En un mundo devastado hace eones, una sonda de exploración encuentra algo inconcebible: un Gancho del Cielo. El único resto de una civilización orgánica librado de la destrucción por las máquinas, como medio de explorar la superficie, de extraer materias primas... o simplemente para vigilar que nada vivo vuelva a levantarse allí. En "Cánticos de la lejana Tierra" (1986), Clarke plantea un modelo ciertamente "original" de ascensor espacial: una grúa para ascender paneles de hielo a una órbita geoestacionaria... desde una nave y con una instalación provisional muy parecida a una de nuestras grúas actuales pero empleando un cable de 30.000 Km de longitud. Y en el relato "Lo que un hombre debe hacer" (1997) de Pedro Jorge Romero, el ascensor es simplemente un adorno barroco para llevar la acción a la órbita terrestre, donde los protagonistas se conocen y enamoran. Para la ciencia-ficción, el ascensor se ha construido ya. Se construyó hace mucho tiempo, en muchos sitios distintos.
       

      Conclusiones

      El ascensor espacial es la solución óptima al problema de la conquista del espacio. Sin embargo, hoy en día no deja de ser una quimera. No disponemos de los materiales aptos para la construcción del cable, aunque las investigaciones con las formas de C60 parece que van por buen camino. Carecemos de la capacidad de crear una maquina autónoma capaz de extruir 100.000 kilómetros de cable en una sola hebra, aunque la nanotecnología ofrece buenas perspectivas en este campo. No se ha desarrollado un sistema conductor de energía capaz de cumplir con los requisitos energéticos del cable, aunque las investigaciones sobre superconductores de alta temperatura prosiguen. Y no estamos preparados para la creación de una factoría espacial capaz de manufacturar todos los elementos del sistema con las especificaciones dadas. Además, los problemas de seguridad harían muy difícil su construcción sobre la superficie terrestre... aunque lo harían ideal para la colonización de otros planetas donde la presencia humana es nula o marginal.

      En cualquier caso, ninguna de las tecnologías implicadas en la construcción del cable es imposible y ninguno de los problemas de ingeniería inaccesibles. Es poco probable que nosotros veamos al ascensor espacial. Pero sí es posible que nuestros nietos lo contemplen alzarse para perderse entre las estrellas...

 

 

© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena  2003-2004 Ultima actualización 14-11-2004