Revista Galaxia nº 2

¿UN MUNDO FELIZ?

 La especulación es uno de los elementos más importantes de la ciencia-ficción. Pero hay que reconocer que solo en raras ocasiones esa especulación llega a convertirse en algo palpable. Siempre que se discute este tema surgen los ejemplos de aquellos visionarios, como Verne, que llegaron a predecir en cierta medida lo que el futuro nos iba a deparar. Sin embargo, son muchas otras las predicciones que posteriormente se han visto descartadas por la realidad. Precisamente por esto, resulta doblemente sorprendente cuando alguno de los temas clásicos de la ciencia-ficción, como la clonación,  termina por adquirir una existencia constatable en el mundo real.

 En efecto, podría decirse sin resultar exagerado que los clones son tan importantes en la historia del género como las naves espaciales. Ciertamente se encuentran presente en muchas de sus obras más emblemáticas, desde la conocida Un mundo feliz, de Aldus Huxley a la galardonada Donde solían cantar los dulces pájaros, de Kate Wilhelm. Lo interesante en este caso es que desde hace unos años la ciencia cada vez esta más cerca de conseguir que algunas de esas especulaciones termine formando parte integrante de nuestras vidas. Sin ir más lejos, el pasado mes de diciembre Brigitte Boisellier, portavoz de la empresa Clonaid, anunció al mundo el nacimiento del primer ser humano clónico de la historia.

El nacimiento de Eva, que así se llama el presunto bebé clónico, en realidad era algo que se veía venir desde hace tiempo. Desde que en junio de 1996 nació la oveja Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, la constante oleada de descubrimientos en este campo hacían cada vez más inevitable la realización del experimento definitivo: la clonación de un ser humano. Aparentemente desaparecidas las limitaciones técnicas, tan solo barreras morales y éticas se oponían a ese paso. Y desgraciadamente, como sucedió en su día con las armas nucleares, nunca han faltaban voces clamando porque el progreso de la ciencia no debería verse constreñido por consideraciones de este tipo.

Igual que un reflejo

Un clon es un organismo que deriva de otro a través de un proceso de reproducción asexual. En contra de lo que pudiera pensarse, los clones no son raros en la naturaleza. Muchísimos organismos simples se reproducen por este sistema, al igual que determinados gusanos y plantas. Incluso entre los animales superiores el proceso no es completamente desconocido: por ejemplo, este mecanismo está en la base de la existencia de los gemelos idénticos univitelinos, procedentes de la división natural del cigoto, y que son copias genéticamente idénticas.

Existen varias técnicas que permiten abordar la producción de clones. Por ejemplo, es relativamente sencillo extraer un embrión en la segunda o tercera división del cigoto, dividirlo, e implantar cada una de las partes por separado en un nuevo útero. Recientemente se ha anunciado por parte de científicos estadounidenses la clonación por fragmentación del primer simio, un macaco llamado Tetra creado a partir de la división de un embrión en cuatro trozos a partir de los cuales se han desarrollado cuatro embriones idénticos que luego se introdujeron en el útero de la hembra que se encargó de llevar a término la gestación.

La clonación a partir de embriones emula artificialmente un mecanismo natural bien conocido, como es la producción de gemelos. Pero en realidad es un procedimiento de multiplicación, no de copia. Más interesante resulta la posibilidad de crear un clon a partir de una célula diferenciada adulta, lo que permite la obtención de una especie de fotocopia del organismo original. Ya en 1960 F. C. Sterward creó clones de zanahorias a partir de células adultas de esta planta. Pero para conseguir la clonación de un mamífero superior hubo que esperar hasta 1996 con el advenimiento práctico de la técnica de transferencia nuclear. En este procedimiento se parte de un óvulo al que se extrae el núcleo. A su vez, también se extrae el núcleo de la célula del organismo que se desea duplicar y se inyecta en dicho óvulo. La división del mismo produce a su vez la división del núcleo, lo que a su vez permite conseguir un buen número de copias del organismo original.  Este fue el mecanismo utilizado por el Instituto Roslin de Edimburgo y los laboratorios PPL Therapeutics para la creación de Dolly a partir de una célula mamaria de una oveja de seis años de edad.

Aunque la clonación por fragmentación garantiza que cada una de las copias resultantes es idéntica al original, con el método de transferencia nuclear las copias no son absolutamente idénticas, porque una serie de genes importantes residen en la mitocondria del óvulo, por lo que se da una mezcla (reducida, eso si), del material genético del donante con el del receptor.

Un mundo de posibilidades

Son muchas las aplicaciones prácticas del proceso de clonación. Por ejemplo, la posibilidad de disponer de animales de laboratorio genéticamente idénticos es de gran importancia en la investigación biomédica, puesto que las discrepancias en la respuesta de dichos animales procederá exclusivamente de los elementos que se estén probando, no de las diferencias que existan entre los mismos.

Otro proceso en el que se aplican intensivamente técnicas de clonación es en la fabricación de determinados medicamentos. Mediante ingeniería genética se inserta un determinado gen que produzca una determinada sustancia (como insulina) en una bacteria  o incluso en un organismo más complejo y a continuación se clona para producir cantidades ingentes de la sustancia en cuestión. La clonación de órganos a partir de cultivos celulares o utilizando de nuevo ingeniería genética (para transformar por ejemplo el hígado de un cerdo en compatible con un donante humano) abre un enorme campo de posibilidades en la medicina de trasplantes, donde el talón de Aquiles se encuentra siempre en la falta de donantes

Una de las aplicaciones más curiosas que se están desarrollando hoy en día es la clonación de mascotas. Existen varias empresas que están desarrollando estudios en este campo y el anuncio llevado a cabo por científicos de Texas acerca de que se había conseguido clonar una gata llamada “CC” (de CopyCat, copia) despertó una enorme expectación. Existe también un proyecto semejante llamado Missyplicity destinado a clonar a un perro, aunque esta técnica es bastante más complicada.

La posibilidad de recrear un organismo a partir de una sola célula adulta también tiene interesantes posibilidades para la recuperación de especies en vías de extinción. Por ejemplo, el mismo instituto del que surgió Dolly ha clonado con éxito ejemplares de muflón europeo y existen proyectos para la clonación de osos panda. Este proceso puede también aplicarse a animales extinguidos pero de las que todavía se dispone de muestras celulares. En este sentido, existe un proyecto sumamente interesante del instituto Garvan para la recuperación del lobo marsupial australiano (el último ejemplar murió en cautividad en 1936) a partir de los restos de un cachorro guardado en formol desde 1866. Más ambicioso es el proyecto de clonar un mamut a partir de las células conseguidas de un ejemplar magníficamente conservado que apareció en el permafrost de la península siberiana de Taimyr.

En un campo que evoluciona tan rápidamente como este resulta difícil fijar donde se encuentran los límites de esta tecnología. Por ejemplo, si fuera posible clonar a un lobo marsupial... ¿por qué no clonar a Jesucristo?. ¿O a Hitler, puestos a ello?. De hecho y por delirante que resulte la idea, uno de los objetivos del culto de los raelianos al fundar Clonaid era precisamente el desarrollar las técnicas que permitieran la clonación de grandes figuras históricas de la humanidad.

Y es que después de todo, una de las razones por las que el concepto de la clonación resulta tan atractivo para muchos es la promesa de inmortalidad que se esconde tras el mismo. En efecto, como seres vivos nuestro objetivo fundamental es la perpetuación de nuestros genes. Ahora bien, ¿qué mejor mecanismo de perpetuación puede concebirse que una reproducción exacta de los mismos llevada a cabo mediante un proceso industrial a través de los siglos?. La vejez ya no seria un enemigo de la raza humana: la fuente de la eterna juventud dejaría de ser un sueño para convertirse en una promesa capaz de alterar radicalmente nuestro destino.

La serpiente en el paraíso

Sin embargo, no tenemos que olvidar que se trata de una promesa que, a pesar de los grandes avances efectuados, todavía esta lejos de verse materializada. Para empezar, las técnicas de clonación por transferencia nuclear tienen una tasa de fallo altísima. Para crear a la oveja Dolly hicieron falta 277 intentos de clonación. De esos intentos, solo 29 llegaron a formar embriones y de esos, a su vez, solo uno resulto viable. Ciertamente en el tiempo transcurrido desde entonces la técnica ha mejorado. Pero el número de intentos que es necesario llevar a cabo sigue siendo muy alto.

Más preocupantes parecen algunos desagradables efectos secundarios asociados al proceso. En efecto, el porcentaje de malformaciones resulta muy importante incluso entre los óvulos que acaban en embriones. Así mismo, la tasa de mortandad de los animales clonados en torno al momento del nacimiento es anormalmente alta. Y además, parecen existir algunos factores que hacen dudar seriamente sobre la oportunidad del proceso de la clonación. Por ejemplo, en 1999 una investigación llevada a cabo por el PPL dió como resultado un hecho sorprendente: la edad de los cromosomas de Dolly no era de tres años, sino de nueve. Es decir, a su edad biológica había que sumarle la edad de la oveja que actuó como donante. Este hecho resulto doblemente preocupante cuando en Enero de 2002 se supo que Dolly había desarrollado artritis prematura, mucho antes de lo que habría podido esperarse. Ciertamente con un solo ejemplo no puede afirmarse si existe un proceso de envejecimiento precoz asociado a la clonación o bien todo ha sido una desafortunada coincidencia. Pero si tenemos en cuenta su también prematura muerte a los seis años de edad (las ovejas suelen vivir alrededor de 12 años) ciertamente el tema puede resultar bastante preocupante.

Estos problemas se multiplican cuando los implicados en el proceso de clonación son seres humanos. La posibilidad de la existencia de malformaciones o el alto número de embriones que es necesario utilizar genera unos problemas éticos nada desdeñables a la hora de abordar este tipo de experimentos. Pero es que además la clonación aplicada a humanos es una tecnología de una utilidad práctica más que discutible. Ciertamente muchos  padres que hayan perdido a un hijo podrían sentirse esperanzados con la posibilidad de recuperarlo en forma de un clon. Pero a ese nivel la clonación no es una tecnología de resucitación: la duplicación solo se lleva a cabo a nivel genético, y la mente del individuo clonado seguirá sus propios derroteros en función de los estímulos que les proporcione en ambiente en que se desarrollen.  Por tanto, ciertamente podríamos sacar una fotocopia genética de Hitler y Jesucristo si verdaderamente se dispusiera del material genético adecuado para ello. Pero esas copias no serian Hitler o Jesucristo, sino dos personas con el mismo material genético y una experiencia vital radicalmente diferente. Para que la promesa de inmortalidad de la clonación fuese más allá de la pura inmortalidad de los genes seria preciso desarrollar una técnica de transferencia mental que hoy por hoy resulta completamente inimaginable. Y, aunque la misma fuera posible, todavía quedaría por solucionar el problema más importante: si nuestra mente se transfiriera a la del clon para poder utilizar un cuerpo joven y saludable, ¿que seria de la  mente del propio clon en el proceso?.

En estas condiciones, no es de extrañar que la experimentación  de técnicas de clonación con embriones humanos estén prohibidas o severamente limitadas en muchos países del mundo. Aun a pesar de las tentadoras promesas que encierran esta técnica a nivel farmacéutico o de transplantes, la complejidad de los aspectos éticos implicados limita notablemente el rango de acción de los investigadores.

Ante este panorama, no es de extrañar que el anuncio de Clonaid haya sido recibido con un cierto escepticismo. Ya no se trata de que los raelianos, fundadores de esta compañía, sean un culto más o menos esotérico que proclama que el origen de la humanidad esta en un ADN extraterrestre que se mezclo con el nuestro hace 25000 años. Tampoco que existan serias dudas sobre la capacidad técnica de Clonaid, en tanto que no se conoce su grado de experiencia en técnicas de clonación con animales, o que se hayan negado sistemáticamente a la constatación de su supuesto logro por una autoridad independiente por un procedimiento tan sencillo como comprobar el ADN de la madre y de la hija. El mayor problema en este caso procede de que si bien técnicamente parece posible la creación de un clon humano, en realidad todavía son tantas y tan importantes las cuestiones que permanecen abiertas que ciertamente no da la  impresión de que el tema este lo bastante maduro como para dar ese paso con ciertas garantías para el ser humano clonado.

Sueños de visionarios

En relación con la ciencia ficción, la clonación es uno de esos campos donde la frontera entre ciencia y fantasía en ocasiones se vuelve algo sumamente difuso. Por ello resulta relativamente fácil encontrar un buen número de obras en las que se han planteado diferentes técnicas o problemas con los que a la postre hemos terminado enfrentándonos  en el mundo real.

Por ejemplo, El sexto día transcurre en un futuro cercano en el que la clonación de humanos está prohibida por ley tras un desastroso experimento fallido. Sin embargo, si está permitida la clonación de mascotas, que de hecho supone un negocio floreciente. Los problemas surgen cuando Adam Gibson regresa un día a casa y se encuentra con una copia de sí mismo celebrando su cumpleaños con su familia. La moraleja de la película está clara: si una tecnología está lo suficientemente avanzada se aplicará, independientemente de los condicionantes morales que se opongan a ello

La recuperación de especies extinguidas esta magníficamente representada en la novela Parque Jurásico de Michael Crichton. En la misma, unos investigadores consiguen recuperar un buen número de especies de dinosaurios utilizando el paleo ADN de los mismos encontrado en insectos conservados en ámbar. Las especies recuperadas se conservan en un fabuloso parque temático situado en una isla enfrente de Costa Rica, pero pronto las cosas comienzan a no funcionar como debieran.

Otra obra que aborda este tema es Cambio de esquemas, de Robert J. Sawyer (desarrollada a partir de su relato “Hélice”, ganador del premio UPC), en la que un antiguo científico nazi lleva a cabo la clonación de una niña neandertal utilizando para ello a una pareja que deseaba tener un hijo por la técnica de fertilización artificial.

Una curiosa variante de este argumento se plantea en la cuarta película de la saga de Alien, Alien Resurrección (Jean Pierre Jeunet, 1997). En la anterior entrega de la serie, tanto el Alien como la teniente Ripley morían incinerados en un pozo de metal ardiente. Sin embargo, después de unos cientos de años unos investigadores consiguen clonar a ambos a partir de las muestras de material genético conservadas en un sistema de autodiagnóstico. Pero la mezcla de material genético que se produce en el proceso da lugar a unos interesantes efectos secundarios.

La clonación de personajes históricos también ha sido bastante tratada en el género. Por ejemplo, en la novela A vuestros cuerpos dispersos, de Farmer, toda la humanidad “despierta” de repente en la orilla de un misterioso río alienígena, clonados por unos misteriosos extraterrestres con un propósito desconocido. En el relato “La reliquia”, de  Gary Jennings, se plantea la clonación de Jesucristo a partir de una ampolla de su sangre que se conserva en un santuario. Y en la novela de Ira Levin Los niños de Brasil un grupo de antiguos oficiales de las SS desarrolla un experimento con el objetivo de clonar al mismísimo Adolf Hitler.

Mas allá de la muerte

Los niños de Brasil plantea uno de los elementos fundamentales de cualquier proceso de clonación entendida como resurrección: para que el clon sea una copia exacta del original debe tener sus mismos recuerdos y experiencias. Es decir, su interacción con el entorno debería ser, a lo largo de su periodo de formación, idéntica a la de la persona de la que se supone es una copia. Este argumento se encuentra magistralmente desarrollado en Cyteen, de C. J. Cherry, ganadora del premio Hugo. En esta novela, el instituto de investigación genética Reseune se encarga de la fabricación de los azi, seres humanos artificiales a los que se educa por medio de cintas que programan su personalidad. La directora del instituto, Ari Emory, es una mujer de gran poder que entre otros intereses está volcada en la idea de su propia perpetuación mediante un clon no solo físico, sino también psicológico. Sin embargo, es asesinada antes de ver cumplido su plan. La novela narra la historia de su clon, atrapado por un destino predeterminado destinado a forjar una personalidad idéntica a la de su predecesora y las dificultades que van apareciendo en la consecución de ese objetivo.

Los problemas de la educación para intentar recuperar no solo el cuerpo, sino también la personalidad del ser clonado también se presentan con una gran sensibilidad en el relato de Theodore Sturgeon “Donde hay interés, donde hay amor”. En el mismo, una mujer rica y poderosa se enamora locamente de un joven. Sin embargo, el mismo muere trágicamente afectado por una peculiar forma de cáncer de testículo en el que las células cancerosas se transforman en embriones que se instalan en distintas partes del organismo. Desesperada, la mujer pone toda su fortuna al servicio de la clonación de su amado a partir de uno de estos pseudoembriones.  Y después de alcanzar el éxito en esta meta contrata un equipo de actores para que emule hasta el ultimo detalle la vida de su amante a fin de recuperar su personalidad del modo más fiel posible mientras ella pasa en hibernación el tiempo de desarrollo del clon esperando el ansiado momento del reencuentro.

Los problemas de identidad de la clonación también se desarrolla magistralmente en el relato “La quinta cabeza de Cerbero”, de Gene Wolfe. La casa de Cerbero, o la Mansion du Chien es un sofisticado prostíbulo de lujo que se encuentra en Saint Croix, un planeta perteneciente a un sistema doble. El protagonista, conocido por el enigmático nombre de Número 5, vive en la misma con su padre, su hermano, su tía y un tutor robótico. Pero en realidad resulta que su padre no es su padre, sino que el protagonista resulta ser la quinta repetición de una sucesión de clones.

Otros autores resuelven el problema de la identidad grabando y almacenando la personalidad y los recuerdos de la persona que va a someterse a clonación y posteriormente imprimiendo los mismos sobre el clon formado. Por ejemplo, John Varley en “El fantasma de Kansas” cuenta la historia de una artista de renombre que se convierte en la víctima de un asesino sistemático. Cada vez que es asesinada se crea un nuevo clon al que se le implantan los recuerdos procedentes de su ultima grabación. El problema es que las vivencias y los recuerdos que tuvieron lugar entre el momento de dicha grabación y el asesinato se pierden para siempre. Varley explota otras posibilidades de su sistema de grabación mental en otras novelas ambientadas en el mismo universo que este relato, como Y mañana serán clones o  Playa de acero.

Zelazny también recurre a la técnica de grabación mental para obtener una atractiva forma de inmortalidad. En su novela El señor de la luz, los tripulantes de una nave colonizadora han implantado una curiosa dictadura sobre los pasajeros que transportaban. Tras haber desembarcado en un planeta, controlan los destinos de sus habitantes asumiendo las personalidades del panteón hindú, y decidiendo quien vive o quien muere mediante la llamada “rueda del karma”, un sistema de grabación mental e imprimacion sobre clones que en la práctica se transforma en una poderosa herramienta de control. Este autor también lleva a cabo una interesante reflexión sobre el tema de la inmortalidad y la clonación en su obra Hoy escogemos rostros, donde se plantea el problema del volumen de recuerdos que un clon que viva sucesivas vidas debería soportar. Para evitar esto, solamente se imprime un conjunto seleccionado de recuerdos, mientras que el resto de personalidades y recuerdos son almacenados en un soporte electrónico para disponer de ellos cuando fuera menester.

En el universo de Dune, creado por Frank Herbert, también existen unos peculiares clones: los Gholas, fabricados en los tanques axlotl de la Bene Tleixlat, en los que las técnicas de clonado permiten, a partir de cualquier célula, reproducir los conocimientos y habilidades adquiridos durante las anteriores vidas del clon. Uno de los ejemplos más conocidos de ghola tleilaxu es el de Duncan Idaho, que a lo largo de la serie resulta clonado en sucesivas ocasiones para aprovechar sus habilidades durante un periodo de miles de años.

El precio de la vida eterna

La inmortalidad a través de la clonación también tiene su reverso oscuro. El más evidente, por supuesto, es el del destino de los clones. En su novela Clones, Michael Marshall Smith plantea la existencia de granjas de clonación, donde se crían cuerpos como ganado para piezas de repuestos de los ricos. Algo parecido sucede en el universo Vor de Lois McMaster Bujold, donde la poderosa casa Bharaputra se encarga, entre otras actividades de genética ilegal, de la fabricación de clones a medida de sus clientes ricos. En la novela Hermanos de armas se describe un complot que utiliza un clon del protagonista en un sofisticado plan para elimina a su padre. Este clon vuelve a aparecen en Danza de espejos ya con una personalidad propia claramente definida... lo que no le impide suplantar, llegado el caso, la personalidad de su hermano clónico.

Orson Scott Card también toca el tema de las granjas de clonación en su relato “Criadero de Gordos”. En el mismo, un ricachón que lleva una vida dilapidada pasa periódicamente por una clínica de clonación para reponer su cuerpo desgastado por los excesos. Pero ¿qué sucede con los cuerpos desechados?. Esta historia supone una divertida especulación sobre el destino de un clon una vez que aparentemente ha cumplido su misión.

Menos divertido resulta el planteamiento de “Un planeta llamado Shayol”, de Cordwainer Smith. En dicho planeta, el Imperio tiene su prisión más abyecta en la que los prisioneros son sometidos a una eternidad de sufrimientos. Porque en Shayol moran los dromozoos, unos curiosos parásitos cuyo principal efecto es que hacen crecer de forma incontrolada los más variados órganos sobre sus victimas. El carcelero simplemente debe pasar periódicamente para efectuar su cosecha de brazos, piernas y cabezas con las cuales se nutren las clínicas de transplantes del Imperio. Por cierto que la idea central de este relato es extraordinariamente semejante a la que se plantea en la novela de Card Un planeta llamado Traición.

Las posibilidades de un clon asesino no han pasado desapercibidas para el género. Por ejemplo, en el conocido relato de Bruce Sterling “Rosa Araña” el archienemigo de la protagonista es un clon al que esta ha matado previamente nada menos que 37 veces. En la película Replicant (2001) un policía que persigue a un asesino en serie se encuentra con un inesperado ayudante en la figura de un clon del asesino, con el que comparte recuerdos y experiencias, y al que pretende utilizar para dar caza al mismo.

Un mundo de clones

Las posibilidades de la clonación dentro de la estructura del trabajo y de la sociedad están magistralmente desarrolladas por Aldus Huxley en Un mundo feliz. Huxley plantea un escenario en que una variante del proceso de clonación por fragmentación permite decantar hasta 96 clones absolutamente idénticos de cada cigoto conseguido por fertilización in vitro. Este proceso conocido como bokanovskificación esta también en la base de la estructura de clases de la sociedad de la novela: Los doble Alfa, la crema de la sociedad, proceden cada adulto de un solo óvulo, mientras que los épsilon, la casta más baja,  proceden de las mayores divisiones del proceso descrito.

Las ventajas de la producción industrial de clones también se ponen de manifiesto en El ataque de los clones, episodio 2 de la famosa saga de La guerra de las galaxias. En efecto, los soldados clónicos son prácticamente la forma ideal de cualquier ejercito. Con una elección adecuada del espécimen inicial, se puede seleccionar una adecuada combinación de poder físico, inteligencia, capacidad de trabajar en equipo, etc. Si a esto añadimos unos pequeños toques de manipulación genética para favorecer características como la obediencia, nos encontramos sin duda ante el soldado ideal.

La clonación también puede resultar, a la postre, la última esperanza de la humanidad. En el relato “Redentora”, de Gregory Benford, una nave que surca el espacio repleta de material genético se convierte por azares del destino en un valioso recurso para una Tierra devastada. Y en la famosísima La guerra interminable, de Joe Haldeman, la humanidad termina evolucionando hacia la figura de El Hombre, una mente grupal favorecida por la clonación sistemática de un individuo que termina por convertirse en el patrón dominante para toda la humanidad.

Sombras en el futuro

Recientemente el congreso de los Estados Unidos ha promulgado una ley en la que se prohíbe cualquier forma de clonación humana. A pesar de esto, y de las serias dudas que existen sobre la verdad que se esconde tras el anuncio de Clonaid, no faltara gente que ponga sus esperanzas en la oferta de esta compañía o de otras por el estilo que han ido apareciendo en los últimos tiempos. Algunos, por el simple afán de perpetuarse más allá de las fronteras que impone nuestra biología. Otros verán en la clonación el único  camino para recuperar a un ser querido. Pero en realidad, muchos simplemente desearan experimentar con esta forma de clonación por la misma razón por la que la humanidad terminó comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal: porque somos unos monos curiosos que no podemos resistir la tentación de probar algo que se encuentra ahí, prácticamente a nuestro alcance. Y en los próximos años será sin duda la sociedad la que tenga que enfrentarse a las repercusiones éticas y morales de una técnica que en este momento llama a sus puertas desde la frontera de la ciencia-ficción.

  © Cristobal Perez-Castejon Carpena 2003