El dolor es una marea oscura dentro de mi pecho. Se que todo esta en
mi mente. Puedo racionalizar mis sentimientos, saber que no debería estar
sufriendo. Que esta marea que me inunda es solo un estado mental, un grito
mudo de mi alma. Da lo mismo. El mundo en el que vivo esta dividido. Una
parte, la que ve mi mente, es una brillante carcasa de colores vivos. La
otra, la que pasa por el filtro de mis sentimientos, una imagen en blanco
y negro de la anterior, infinitamente triste y deprimente...
En mi familia nos gusta escupirle en el rostro a la muerte. Cada pariente
que se ha ido, cada tio, cada primo, cada hermano, lo ha hecho tras de
una lucha atroz, demoledora, tras de un combate que nos ha dejado a todos
los demás exhaustos. Destrozados. Aniquilados por el fragor de una confrontación
perdida de antemano, en la que apenas podíamos ayudar. Al final la dama
de negro siempre ha ganado la batalla. Pero no después de haberse
convertido en una liberación para el luchador.
Y ahora me ha llegado el turno. Solo eran unos estúpidos lunares que
no paraban de crecer en mi pecho. Algo dentro de mi se resistía a acudir
al medico. ¿Para que?. Un medico no pasa de ser un hechicero evolucionado.
Alguien que pretende convencerte que sabe mas que tu sobre algo de lo que
nadie sabe nada. Así que el tiempo fue pasando. Y cuando por fin
decidí acudir a la consulta ya era demasiado tarde. No hicieron falta palabras:
su rostro era todo un poema. Luego vinieron las explicaciones, los comentarios,
los patéticos consejos, las inútiles esperanzas. Yo ya no veía al doctor
de la bata blanca, veia a la vieja de la guadaña con su sonrisa
perenne. Esperando. Disfrutando por anticipado del combate que se avecinaba...
La pistola reposa encima de la mesa. La recojo con cuidado. El picante
aroma del aceite inunda mi nariz. Como siempre, me sorprende su peso. Con
movimientos lentos saco el cargador, que cae en mi mano con un chasquido.
Sonrío encantado. Escenas de veinte películas de acción cruzan como
un relámpago por mi mente. Las balas doradas y grises refulgen bajo la
luz de la ultima hora de la tarde que llena la habitación. No parecen mortales,
son como pequeños abalorios de metal dormido. Vuelvo a introducir
el cargador en la empuñadura y monto la pistola con un gesto seco.
Clak clak. El sonido metálico resulta reconfortante. Contemplo fascinado
el oscuro agujero del cañón, el martillo listo para caer sobre el
percutor. Mi dedo acaricia el gatillo. Voluptuosamente. Una leve presion
y todo será historia. Nada de sufrimiento. Nada de blancas salas
de hospital, nada de degradación física y mental. Nada de batallas
perdidas en un guerra sin esperanza.
Lentamente, con cuidado, pongo el seguro y desarmo la pistola. No puedo
evitar ser lo que soy. La fuerza de mis genes me impulsa a seguir adelante.
Mi vida es preciosa y cada momento adicional que consiga vivirla será
un triunfo sobre la oscuridad. ¿Quién quiere vivir para siempre?.
Tiembla muerte, pues hoy grito mi desafió ante tu rostro. Antes de que
vengas a recogerme definitivamente pienso haberme ganado a conciencia cada
segundo del descanso eterno que me ofreces...
Dicen los ancianos: solo las piedras permanecen. Dijisteis bien,
es cierto...